"LA MALA COSTUMBRE", ALANA S. PORTERO




“Aquella noche me arrancaron las vísceras y las desperdigaron por el asfalto para dar de comer carne trans a las pobres ratas. Estaba hueca, más allá del miedo, sometida. Era una mujer y eso no se me podía extraer como un tumor, pero si se podía inhibir si se aplicaba la suficiente presión. Y eso hice yo misma, Aplicar presión y cerrar mi celda por dentro.”


Vi la portada de este libro en la última FIL, en unas vueltas que dimos con Carli (@hello.lectora ) buscando esos imprescindibles que queríamos leer. Ella me llevó a esta autora española trans y, antes de leerla, empecé a mirar algunas entrevistas suyas sobre esta novela autobiográfica. En una de las entrevistas se presenta como mujer trans, doctora en historia medieval, escritora y de clase obrera. Sostiene esto último como un estandarte como memoria del origen pobre de su madre y el propio, criada en el barrio de San Blas en Madrid.

La novela recorre los años de infancia de Alana (en los 80’) con un cuerpo de varón que es irreconocible en el espejo para ella desde que tuvo conciencia del mismo. La disforia de género la acompañó hasta la adultez y el maquillaje, los vestidos permanecieron ocultos en bolsas, en el fondo de un placard. Conoció a una mujer trans en el barrio que era la prostituta vapuleada por los vecinos y la policía. Era la escoria.

Mientras leía la novela recordé muchas de las historias que leí en los últimos años sobre personas que transicionan y varias de las anécdotas de infancia se replican, calcadas: la discriminación en la adolescencia, el bullying y la posibilidad de concretar esa transición recién en la adultez. Pensé en “Vaquera invertida” de Mckenzie Wark, en “Flores particulares” de Nora Eckert, “Faltas” de Cecilia Gentili, “Las malas” de Sosa Villada y “Vida en transición”, Diana Goetsch .

Nora Eckert y Alana Portero comparten la sensación de que el tiempo que tienen para decidir la transición es comprimido, que deben definir una identidad para plantarse ante un mundo que el 99% de las veces las rechaza.
“Ser trans me había obligado a madurar demasiado rápido en lo tocante a mi autoconocimiento pero me había mantenido pueril e insegura en las relaciones más próximas de mi vida.” (Alana)

Además, ambas coinciden en la necesidad de un de exilio autoimpuesto de sus barrios o ciudades de origen hacia las grandes ciudades como modo de supervivencia y un espacio en el que podrán mimetizarse, pasar desapercibidas y donde habrá otras iguales que serán sus ángeles guardianes.

La noche es el reino y la libertad, en donde se puede explorar, experimentar, aprender y empezar a formar parte de una comunidad. En definitiva, salir de la soledad silenciosa a la que están sometidas en la infancia muchas de estas mujeres.
“me parecía que la comunidad había tejido algo hermoso con las sombras a las que había sido condenada. Un modo de relacionarse desacomplejado, urgente y único que era consciente de sí mismo, una escuela de los cuerpos sin las violencias soterradas que acampaban a sus anchas bajo el sol de la heterosexualidad y entre las que me había criado.”

“La mala costumbre” no nos ahorra nada (y lo bien que hace), nos lleva de la mano por el infierno que recorren las disidencias, arrastrando disforia, depresión, discriminación propia y del mundo, soledad, hasta alcanzar solo algunas, alguna vez, una identidad en las que se reconocen en el espejo, en las que florecen y logran tener la mala costumbre de simplemente existir. VER EN IG




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