"LAS REGLAS DEL MIKADO", ERRI DE LUCA




"-Y no tienen ningún libro?


-Entre nosotros las historias se cuentan por la noche y cada vez se cambian un poco. Los libros no tienen voz. La voz hace que las historias sucedan. Están en las manos que las representan, los movimientos, los miedos, las risas.”


Llegué a este gran autor italiano hace años con “Los peces no cierran los ojos” y me sorprendió su prosa poética, profunda en sus temas y leve en la sensibilidad de su lenguaje. Las historias más duras fluyen de un modo que nos reconforta.

 

Ahora, pude ver en vivo al autor en la última FIL y confirmé en sus palabras todo lo que encontré en su literatura. Entonces me sumergí en “Las reglas del Mikado” (el juego de palitos chinos que se tiran y hay que ir sacándolos sin tocar los otros palitos. En algunos casos, el palito negro es el de mayor valor).

 

Esa sensibilidad que atraviesa sus libros se filtra, un poco, por su concepción de vida. De Luca es una persona que reivindica el trabajo obrero (de hecho él mismo fue obrero, operario y albañil en su juventud), participó en el movimiento del 68, fue chofer de camiones de ayuda humanitaria en la guerra de los Balcanes en los 90, actualmente hace trabajo de reinserción de familias migrantes y, además, es un eximio alpinista (aún hoy con 74 años). El germen de su escritura se ubica en los años en los que fue obrero ya que en los momentos de descanso leía. De ahí, su lema “robarle tiempo al trabajo con la lectura”.

 

“Las reglas del Mikado” pone en relación, de una manera fortuita, a un hombre de unos sesenta años, que acampa en la zona fronteriza entre Italia y Eslovenia, y a una niña gitana de quince años que huye de un compromiso arreglado con un hombre mucho mayor. Los personajes no tienen nombre (así lo anuncia De Luca en el prólogo) y esto determina un juego con las identidades, las voces se vuelven intercambiables, y hay momentos en los que nos obliga a volver un poco hacia atrás en los diálogos para establecer quién de los dos está hablando. Eso también indica cómo se va fusionando el vínculo entre ambos.

 

La novela está apoyada en dos pilares centrales que son el tiempo y las formas de comunicación. Más de la mitad de la novela tiene un tiempo demorado, un ritmo que permite el conocimiento mutuo y la construcción de un vínculo entre dos personas muy distintas (no es casualidad que el hombre sea relojero). Apenas pasan unos días en 80 páginas. A partir de ahí la novela se acelera y en pocas páginas pasa un mes y luego décadas. Los registros cambian también: los diálogos son seguidos de cartas que entrecruzan los tiempos.

 

Las cosmovisiones del hombre y la niña se muestran en las formas de comunicación. El hombre representa la lengua escrita, la voz fijada en papel y la lengua como patria: “hace falta un idioma en el que refugiarse. El mío es el napolitano. Ponerse a salvo se dice en estos lares encontrar “arricietto”. Todo lo que necesito es una expresión y estoy a salvo.”

Por el contrario, la niña encarna la oralidad, el traspaso de los saberes entre generaciones por relatos que cambian cada vez: “las palabras quedan después de ser dichas, los intercambios, los negocios, las bodas se conciertan a viva voz.”

 

El reconocimiento de la naturaleza para el hombre es desde la concepción de cierto dominio y un control sobre el mundo animal y natural. En cambio, la niña vive en la naturaleza, en una comunión absoluta con los animales y los elementos. Es amiga de osos y cuervos. Se guía por el olor de los otros seres, por la luz, el viento y el sonido del agua. Él  se rige por la precisión del engranaje de un reloj  y los palillos del Mikado; elle lee las manos de los otros para ver sus almas.

 

“Las reglas del Mikado”, que el hombre explica a la niña, sintetizan una especie de manifiesto de vida: cómo nos ubicamos en el mundo, qué decisiones tomamos para nosotros y la noción de que nuestros movimientos pueden afectar profundamente la vida de los otros.

 

“Con tu llegada has traído fronteras cruzadas, persecuciones, un cuervo protector.”

“La vida moderna desacredita los instintos, reduciéndolos a impulsos superficiales. El oso me hizo conocer su profundidad, su calma tensa, su concentración.”

 

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