"AUTORRETRATO", EDOUARD LEVÉ + "AUTORRETRATO", JESSE BALL



Édourad Levé

“Tal vez esté escribiendo este libro para no tener que volver a hablar”

“No me olvidaré de quien soy. Moriré antes”

“Intento escribir en un lenguaje que no se vea alterado ni por la traducción ni por el paso del tiempo.”

 

Jesse Ball

“Un texto debe ser elusivo, desbordar sus fronteras. Hay que detenerse frente al punto de explicación total. Para mí, lo ambiguo está más cerca de lo real que lo realista.”

“Yo leo para crear un escudo”

“No me importa leer mucho ni gran variedad de cosas. Me parece importante leer algo y recibirlo enteramente en el cuerpo y que su compañía te cambie.”

 

A los 39 años, Édouard Levé decide escribir una especie de biografía, con un formato particular, y tres años después se quita la vida. Levé le entrega a su editor su libro “Suicidio” tres meses antes de morir. Era una historia anunciada y que se sugiere, de distintas maneras, en muchos momentos en “Autorretrato”.

Jesse Ball lee este texto, le parece increíble la escritura, el formato, y decide, como una réplica, como un espejo que multiplica lo escrito por Levé, a sus 39 años, hacer su propio “Autorretrato”.

 

Fue una experiencia extraña, graciosa y vertiginosa leer ambos autorretratos consecutivamente. La sensación de estar ante dos textos maníacos, acelerados, sin un resquicio para respirar y procesar todo lo que se acumula, sin orden, sin programa, como una lluvia torrencial. Las oraciones se suceden sin ningún a pausa marcada hasta el punto final. Es asfixiante, claustrofóbico y, a la vez increíble. Ese ritmo acelera la lectura y nos empuja, como en una montaña rusa, hasta el final.

 

Como dije, no hay un orden establecido, como son las vidas de las personas: caóticas, tristes y alegres, apacibles y desaforadas, crueles y empáticas.

 

Levé y Ball escarban en el fondo del cerebro y sus emociones, recolectan y separan, como alguien que decide qué llevará y qué no en una mudanza, y con ello arman una especie de “catálogo” de sus vidas. Porque en esa sucesión de oraciones inconexas, desbordadas, aparecen algunos tópicos centrales en sus vidas. Recortes que se vuelven núcleos temáticos como: sus familias y los vínculos con padres, madres y hermanxs (los conflictos, las tristezas, la reconstrucción de las infancias); sus amores; la música y sus lecturas; su observación y vínculo con la naturaleza como un lugar de cierta salvación posible del mundo;  algo de la inconciencia y de una especie de compulsión por vivir al borde de todo (accidentes, drogas, alcohol); sus fantasmas, terrores y el reconocimiento de las fallas y los aciertos.

 

Y entre esa escritura desenfrenada se encienden pensamientos y visiones de cómo conciben ambos a la literatura, su arte (Levé también fue pintor y fotógrafo y Ball dibuja zorros en cualquier lugar), qué piensan del lenguaje, de los modos de escribir, la función de la literatura, cómo llegaron a ser escritores y el lugar que ocupa en la vida de cada uno.     

 

“No escribo cuentos. No escribo poemas. Escribo fragmentos.” (Levé)

“Existe una confusión entre el mundo literario y yo sobre qué debe constituir un texto. Un texto debe ser elusivo, y que el acto de leer un texto debe hacer consciente al lector de la vida que lleva.” (Ball)

 

Coinciden en la concepción de una escritura fragmentaria, que no persiga la totalidad, que no complete los sentidos sino que intente armar alguno desde el desborde y la distorsión. Algo parecido a lo que se han propuesto para sus vidas y también para sus muertes.

“No tengo que prepárame para nada más, salvo para la muerte, y eso lo hago riéndome.” (Ball)

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