"ESTANQUE", CLAIRE-LOUISE BENNETT




“En los últimos tiempos he estado muy disociada de mi entorno inmediato.”

 

“También hay otros errores, pero no voy a enmendarlos porque en todo caso lo que quiero transmitir es la impresión que me produjeron ciertas cosas, no los hechos en sí mismos.”

 

Hace un año leí y reseñé la segunda novela de Bennett, “Caja19”, y encontré ahí una escritura y un lenguaje diferentes. De hecho, esa novela es una especie de teoría sobre el proceso de construcción de una voz narrativa, del peso que tiene en un escritor la lectura previa de distintos autores como “alimento” para la propia producción, y la consolidación de la escritura como un trabajo, que satisface pero que además “paga las cuentas”, como dice la autora en un podcast que escuché.

 

En “Estanque” (“Pond” es el título original, que hace referencia- homenaje a “Walden Pond” de Thoreau) la narradora es una mujer que tiene un doctorado en literatura y, de pronto y en un movimiento similar al de Thoreau, decide irse a vivir a una casa en el medio del campo, en Irlanda, que tiene un estanque.

 

La vida se ralentiza, los movimientos y los esfuerzos se reducen al mínimo. En las descripciones vemos en cámara lenta el vuelo de una abeja y la tormenta que se arma allá lejos mientras la narradora se da un baño de horas. Se detiene la producción a la que estaba obligada en su vida anterior. Las nuevas tareas tienen que ver con adecuarse a una vida en la naturaleza, preparar la tierra para sembrar, y dejar de ser un engranaje más en la máquina capitalista (lo que plantea Byung-Chul Han en “Elogio de la inactividad”: recuperar la capacidad de no hacer nada).

 

Este nuevo tiempo en el que entra la narradora es el que habilita que aflore la memoria de eventos pasados de su vida: su infancia, una pareja reciente de la que se distanció, el hastío por cumplir con cuestiones académicas, todos recuerdos que están en cuestionamiento permanentemente. Se establece una pregunta sobre la posibilidad de verdad en un recuerdo; cómo está armado un recuerdo y cómo los ornamentamos y adecuamos a nuestro presente. Un poco como los sueños.

 

“Caja19” refiere a una estudiante que es cajera en un supermercado en un pueblo y aspira a entrar en la universidad para expandir su universo. “Estanque” propone el movimiento inverso, de retracción y huida de las presiones por “convertirnos en alguien”.

 

Al igual que en “Caja19”, la narradora aparece en el doble rol de lectora (hace comentarios sobre los objetivos de la escritora que lee, las decisiones de escritura) y de escritora (se desliza que está escribiendo algo referido a un recuerdo que la afectó a tal punto que ha paralizado su vida: “seguí así, hundiendo las palabras en las páginas, tal vez preguntándome quién se las estaba llevando. La lapicera se detuvo en la costura de mi cuaderno. Tarde o temprano tendrás que decirlo.”)

 

“Estanque” se expande en dos temas: por un lado, la posibilidad de dar ese salto definitivo y abandonar lo conocido para vivir en una conexión absoluta con la naturaleza y sus texturas. Por otro, un estado de despersonalización  psíquica de la narradora que pone en jaque cualquier anclaje del que intentemos aferrarnos para establecer algún tipo de certeza.

 

“Miren, a esta altura es obvio para cualquiera que mi cabeza gire hacia otros dóndes imaginarios y en absoluto debido a circunstancias actuales -aunque nadie puede saber qué viaje se produce en la mente de los demás, mi manera de conducirme puede ser muy confusa, inexplicable, y ofensiva por momentos. Es fácil sospechar de una vagabunda como yo y me suele pasar que me acusan de toda clase de impertinencias.”  VER EN IG 


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