"LA CLASE DE GRIEGO", HANG KANG
“A veces no se siente como una persona sino más bien como una sustancia, una materia líquida o sólida en movimiento.”
“Por qué sabía que inevitablemente llegaría el día en que dejaría de ver y perdería el mundo sensible?”
“Hasta el final de la noche, no hay palabra ni luz en ella. No hay ningún niño junto a ella. Tumbada inmóvil en el borde de la cama fría, invoca el sueño una y otra vez para poder besar los tibios párpados de su hijo”
No sé bien por qué pero no suelo leer a lxs Premio Nobel en el momento en que reciben el premio. Me da una “desconfianza” que no tiene ningún argumento, puro prejuicio. Siempre pienso “lo leeré más adelante, cuando baje la espuma del Premio”. Con Han Kang me pasó algo distinto. Justo en el momento en el que recibe el Nobel yo venía viendo unas entrevistas a escritores en el “Louisiana Channel” en YT, y una de ellas era a Han Kang. Su voy pausada, pensando cada palabra en inglés, me hipnotizó y su historia de vida, más. Cuando leí “La clase de griego” entendí bastante más la materia de la que está hecha esta novela.
El libro comienza con la frase “Borges le pidió a Kodama que grabara en su lápida la frase…”. Este inicio es el cimiento sobre el que se arma el mosaico y el entrecruzamiento de las vidas de los personajes. Borges aparece como metáfora de una puerta hacia el inicio en el estudio del budismo, de la biblioteca infinita, de la entrega y el empeño puesto en desentrañar una lengua muerta (en este caso el griego clásico) y la pérdida progresiva de los sentidos, palabra que en esta novela es polisémica.
Muy pocos personajes tienen nombre y podemos reconocerlos por características que los destacan de los otros, como los epítetos perifrásticos del griego: “Mercurio, el de los pies alados”, por ejemplo. Acá “Ella, la alumna de griego”, es la protagonista, y ella ha perdido el habla en dos ocasiones en su vida, una en la infancia y otra ahora, adulta. Ha perdido el habla, a su madre hace seis meses y la custodia de su hijo de ocho años porque su marido la declara “insana” en un tribunal. No habla porque su vida quedó detenida, porque el dolor es inmenso y porque no hay palabras para narrarlo. Como proponía Wittgenstein en la introducción de su “Tractatus”: “de lo que no se puede hablar es mejor callar”. Intentar expresar lo indecible en el lenguaje no tiene sentido.
Como autómata, asiste mécanicamente a clases de un griego quele cuesta pero que percibe como una puerta para pensar, escribir, preguntarse (filosofar?). Todo esto en el medio de un verano arrasador en Seúl, caminando y viajando en buses como flaneur enloquecido. Agotándose para no pensar en nada.
El profesor de griego se está quedando ciego de a poco y sabe que a los cincuenta no verá nada más, igual que le pasó a su padre (les suena Borges acá?). Cierto fastidio inicial que aparece en su incomprensión por su alumna que no habla sirve de espejo para pensar en las propias limitantes, en sus esfuerzos por ocultarle al mundo su ceguera inminente. Como un Tiresias fallido (el vidente, oráculo de “Edipo Rey”) el profesor descree de esas “facultades” especiales (una visión interna y profunda del mundo y las cosas) que se propone como compensación con la pérdida de la vista. A un amigo filósofo le comenta: “Sabes que nunca sacaré sabiduría de mi dolor. Que aunque pierda la vista, no abriré los ojos del alma. Que me quedaré esperando con mi estupidez innata, y que lo haré con porfía aunque no sepa qué espero.”
Otro de los personajes es una chica sorda, la hija del óptico que le hace los anteojos al profesor, y que hace muebles. El trabajo manual, el tacto se convierte en rey y en un poder en esta mujer.
Han Kang pone en cuestión todos los sentidos que damos por sentado y los lleva al borde del precipicio, a la amenaza de la pérdida irreparable o, también, a la posibilidad de pensar otras cuestiones de la vida, más filosóficas, más sobre el “Sentido de la vida”, y en dónde estamos parados ahora (en esta entrevista que vi hablaba de su preocupación por este mundo hiperbólico), en este siglo desaforado, ruidoso, que nos hace ver, escuchar mucho más de lo que podemos soportar.
“La clase de griego” propone, de algún modo, que juguemos un rato a ser Tiresias, que cerremos los ojos al mundo, a esa película infinita, y que veamos con un poco más de detenimiento eso que tenemos sólo a un metro de distancia.

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