RESEÑA "LA MUJER QUE ESCRIBIÓ FRANKENSTEIN", ESTHER CROSS
“¿Cómo se había convertido el camposanto en un campo de batalla? ¿Por qué los cuerpos eran el trofeo? Era una guerra contra la muerte , la Vida estaba por encima de todo, y el arma de guerra el saber médico.”
“El robo de una oveja, de una vaca, eran crímenes que se castigaban con la pena de muerte. Pero llevarse un cuerpo del cementerio no era un robo estrictamente hablando.”
La primera edición de este libro es de 2013 y ahora se reedita por minuscula.
Esther Cross se mete en el Londres de principios de siglo XIX con un microscopio que indaga en la vida de Mary Shelley y en la obra que la consagró definitivamente, “Frankestein o el moderno Prometeo”, una novela que encarna y describe su época fielmente.
Mary Shelley creció con libros y una educación para nada convencional para una mujer en el 1800. Sus padres eran personas públicas y progresistas: William Godwin era un escritor muy reconocido y Mary Wollstonecraft fue uno de los pilares del feminismo, expresado en “Vindicación de los derechos de la mujer”. Crecer en este ámbito facilitó en Mary el desarrollo temprano de un pensamiento crítico y libre. Y así fueron sus decisiones en su vida adulta.
Cuando Mary Shelley, casada con el poeta Percey Shelley, publica “Frankesntein” en 1818, Londres era un hervidero de traficantes de cuerpos, de lo que se conocía como “resurreccionistas” o personas que hacían guardias en los cementerios a la espera de cuerpos recién enterrados para venderlos en hospitales y a médicos para la investigación, en “nombre del avance en la medicina”.
El cuerpo aparece como mercancía y también como espectáculo. Como moneda de cambio en nombre de un progreso en contra de la enfermedad y la muerte y como entretenimiento para el morbo del pueblo (se hacían ferias en las que se mostraban personas con malformaciones o deformidades en el cuerpo, los llamados “freaks”, y se exhibían frascos con partes del cuerpo con anomalías y la gente pagaba esto como pasatiempo). El cuerpo se vuelve efímero, porque las enfermedades son implacables, y pierde el carácter de sagrado, intocable.
Mary Shelley sabe de estas prácticas y además vive de cerca la muerte muy temprana de familiares, su propio marido ahogado en un naufragio y, sobre todo, de sus hijos. Su cuerpo también sufre con pérdidas de embarazos, partos que la dejan al borde de la muerte y la muerte consecutiva de casi todos su hijos.
Hay algo que me interesó en el ensayo de Cross que es la idea de la muerte como detenimiento definitivo y en contrapartida la vida es y debe ser movimiento, como expresión absoluta de vida y reconocimiento de un cuerpo móvil. Es por eso que la familia Shelley es nómade. Huyen de Londres de la pobreza absoluta y las deudas e inician un viaje interminable por Europa que termina en Italia, donde vivía Lord Byron también.
En este contexto de mutación constante, Mary Shelley escribe “Frankenstein” que narra todo lo que sucedía en esa época, que era a la vez monstruoso y tan atractivo. Un cuerpo hecho de muchos cuerpos, que cobra vida a partir de shocks eléctricos (los doctores que practicaban la “galvanización” eran estrellas), que no tiene nombre porque lo monstruoso aparece innombrado y desafectivizado, y que sale al mundo a reproducir todo lo que el Dr. Frankenstein le ha hecho y los peores comportamientos humanos. El monstruo es un espejo de la conducta humana y resultado de los ensayos médicos a pesar de los cuerpos sufrientes.
Cross recorre la vida de una de las autoras más importantes del siglo XIX iluminando los rincones más oscuros y reconociendo ese impulso, esa vitalidad a pesar de todo que permitió el desarrollo de un pensamiento, una escritura, una voz narrativa y concertise en un clásico indiscutido con apenas dieciocho años.

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