RESEÑA “LA PACIENCIA DEL AGUA SOBRE CADA PIEDRA”, ALEJANDRA KAMIYA
“Ella es una parte y eso la hace ser el jardín entero y el baldío de al lado y el barrio y el mundo alrededor…” (p.127)
Los dieciséis relatos que conforman este libro están habitados por animales (perros, gatos, vacas, toros, garzas, caballos, grullas y elefantes) y árboles. De hecho, existe una conexión, desde el lenguaje, entre las personas y atributos propios de los árboles. Y estos últimos aparecen como portadores de un modo de sabiduría, de los tiempos y los ritmos de la naturaleza. Algo que a los humanos nos cuesta mucho comprender.
Se dice en “La estatua y el mar” que “es sabido que lo que pierde las raíces, muere.”
El agua es el elemento que (nos) moldea, sin apuro, y da forma al mundo:
“Y la paciencia del agua fue una forma de amor hacia cada piedra.” (p.96)
El vínculo entre los animales y las personas, sobre todo perros y gatos, es hondo, cercano y necesario para atravesar distintos momentos de la vida.
Caricias en el hocico, un rayo de sol compartido y una mirada en los peores momentos, resultan imprescindibles.
“Lugares buenos” narra la compañía de los sucesivos perros que acompañaron a la autora desde su niñez: Capitán, Polo, Ran y Reina (una perrita heredada de su madre enferma). ¿Quién cuida a quién?
“La garza” y “Herencia” son cuentos conectados por la historia y los personajes. La rivalidad entre Jáuregui y Leiva, luchando por un metro de tierra, más tarde, será un duelo heredado en las siguientes generaciones.
“El baño” relata un encuentro perturbador, en ese espacio de la casa que se configura como un portal de comunicación para dos mujeres que espejan situaciones espaciales y de vida.
Tengo que confesar que mi relato preferido y el que me conmovió de un modo muy particular es “Los ensayos”. Este cuento, el más extenso de todos, narra en detalle el vínculo de la autora con su madre enferma en los últimos meses de vida. De nuevo, este ritmo pausado, demorado de la naturaleza aparece en los movimientos de la hija y la madre.
La hija en la preparación del té, las comidas, la medicación y la ropa de su madre, y una vida propia algo suspendida por esta situación. La madre en sus pequeños gestos, torpes, desarticulados.
Este relato es un ensayo, la antesala, para lo que viene. Es un ensayo de la posibilidad de un vínculo distinto, ahora. Es el ensayo de la paciencia y de otro tipo de percepción.
“Este desencuentro es una forma nuestra de estar.”
“Reconozco en el tono un intento de enmienda, una especie de puente. Avanzo por él: digo que sí y que eso es bueno, Digo “gracias”. (p.89)
Hay algo muy hermoso y triste a la vez en este relato en el que comparan los momentos del día con animales. Los días transcurren lentos, interminables como vacas. La noche es afiebrada, furiosa, de pesadillas como toros enfurecidos.
Los relatos deslizan, como un mantra, como un murmullo, esta conciencia de la parte y del todo. En “los ensayos” aparece con más contundencia:
“Tal vez porque me alejo, puedo ver las cosas unas junto a otras y no creer que un solo detalle es la cosa. (…) Una parte no es el todo.” (p.87)
“La paciencia del agua sobre cada piedra” nos muestra el detalle ínfimo y el mundo entero; el detenimiento como propuesta de un nuevo ritmo; la observación del gesto de los animales para amansar ansiedades. VER EN IG

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