"LA VIDA REAL", BRANDON TAYLOR
“Wallace y Emma se habían hecho amigos por una circunstancia muy puntual de sus respectivos programas académicos: ninguno de los dos era un varón blanco.”
“Todos habían recalado en esa ciudad del Midwest para tratar de obtener un posgrado en bioquímica. Y su curso era el primero en tres décadas en incluir a una persona negra.”
“Estar pendiente de esos cuerpos lo lleva a prestarle más atención al propio, lo obliga a tomar conciencia de su cuerpo, un vehículo que carga con sus estados de ánimo, con su depresión, su ansiedad, su desorden alimenticio, su propio ser y algo ajeno; es imagen presente y residual.”
Un fin de semana alcanza y sobra para contar un mundo. Y ese mundo está representado por un espacio reducido a la vida de un grupo de investigadores, en el campus y el laboratorio de una Universidad en el Midwest norteamericano, que aparece como una especie de vida “irreal”, dentro de una burbuja, muy similar a sus propios experimentos.
Wallace cursa un posgrado en bioquímica y es la primera generación universitaria de una familia muy pobre de Alabama, lugar del que huye por varios motivos: uno es el deseo de ascenso académico y social y el otro es despegarse del bullying y los abusos que sufrió en su infancia por ser gay.
“Vida real” es una novela claramente atravesada por cuestiones de raza, clase y género. Taylor narra la dificultad de inserción del protagonista dentro de su grupo de pares y con sus tutores del posgrado a través de una personalidad replegada, fóbica y cansada de ese mundo cis y blanco (alguien que prefiere mirar de lejos que exponerse). Y refleja, en la vida de sus compañeros, esa clara oposición respecto del origen (padres universitarios y vidas con mayores posibilidades).
Es una novela estructurada bajo un sistema de oposiciones: blancos-negros, hetero cis-gay, pobre-rico, cuerpos hegemónicos- cuerpos fuera de la normativa.
El relato de la llegada al campus es luminosa, esperanzada. Pero Wallace pronto entiende que aquello que dejó atrás es transversal en la sociedad y reaparece, de un modo más controlado, en este grupo de investigadores. Un submundo académico, más “progre”, con una disposición a la exploración sobre la identidad sexual pero donde, a la vez, subyace el racismo, la obsesión por una alimentación vegetariana y sustentable y la violencia que llega a los golpes.
El dilema de Wallace, que se vuelve hilo conductor de la novela, es continuar en ese reducto protegido del campus o salir a conquistar una vida nueva, incierta, pero claramente más real.
“Podría llevar una vida de ese lado del vidrio, viendo de lejos la vida real. Sería muy fácil hacer eso. Tan solo agachar la cabeza, como si estuviera rezando, y dejar que lo peor le pase por encima.”

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