RESEÑA "LA VIDA TRANQUILA", MARGUERITE DURAS
“Laboriosamente me construyo mi soledad, el más grande palacio de soledad que se haya visto. Ante él me atrrorizo y me maravillo a la vez.”
“Una mañana el sol se acomodó sobre sus cadáveres, y no hubo nada que ver. No veremos más sus miradas reunidas en torno a los mismos fuegos. Eso es todo. No hay sino yo que existo siempre para saberlo todavía.”
Tengo que decir que es, sin dudas, de las mejores novelas que leí en mucho tiempo y no me sorprende porque el estilo, el lenguaje y la voz inconfundible de Marguerite Duras aparece traducida al español, en la mejor traducción posible creo, por Alejandra Pizarnik. Nada se pierde en esa traducción sino que se refuerza y embellece. Nos llega cercana y poética.
“La vida tranquila” aparece como título entre irónico y/o polisémico, al menos, porque no hay nada tranquilo en esa novela, todo es horror y oscuridad, pero sí hay una vida sin medida del tiempo, lenta, en un pueblo, Bugues, perdido en la campiña francesa,
En una finca añeja vive la familia Veyrenattes, padre y madre, sus hijos Nicolas y Francice y el tío Jerome. Entre estos tres últimos protagonizan el desastre como en una tragedia griega. Nicolas y Jerome se baten a duelo por una rivalidad antigua a causa de una mujer, Clemence, y por deudas de dinero que Jerome generó por su ludopatía. No hay spoiler, en la segunda página ya sabemos que Jerome está malherido y no sobrevivirá.
A la voz narradora Duras la ubica en Francine, la hermana mayor. Todo está narrado en primera persona, un ojo que todo lo observa. A través de monólogos intercalados podemos acceder a esa mente fría y estratega. Una familia endogámica que no transgrede los límites de la finca, una mirada de amor de Francine hacia Nicolas que roza el incesto, y muertes que se van sucediendo como un destino inevitable, como designio de los dioses.
Las descripciones de los paisajes (hay campiña y hay mar también) son poéticas, expansivas pero, en contrapartida, el lenguaje comprime, asfixia la narración. Hay tensiones permanentes y deseos de fuga de cada integrante.
Francine muestra una personalidad disociada, múltiple y voyeur, un desorden mental en el que su identidad se disgrega en varias “ella”: “Ella tuvo mucho calor, ella ha puesto la cabeza sobre la almohada, ella quiso morir enseguida”. Todas son una y distintas. En los espejos que cruza no hay reconocimiento posible.
“La vida tranquila” no es posible por hay una mente perturbada, una mente verborrágica que no descansa buscando el modo de huir y quedarse a la vez, porque quedarse es controlar, ver, sobre todo ver y ser a través de los otros. VER EN IG

Comentarios
Publicar un comentario