"LAS CLASES DE HEBE UHART", LILIANA VILLANUEVA



“El oficio de escribir es similar a la actitud en la vida. Tengo que darme tiempo, esperar, reconocer cuándo un cuento es para mí y cuándo no. Cada uno debe saber dónde le aprieta el zapato.”

 

Liliana Villanueva, autora de “Sombras rusas”, “Otoño alemán”, “Viento del este” y tantos otros, participó durante muchos años del taller de escritura de Hebe Uhart. Tantos fueron que en el prólogo de este libro dice que teme que Hebe la eche del curso definitivamente.

 

Viilanueva toma notas de los conceptos clave sobre la escritura según Uhart y llena cuadernos, que, a su vez, llenan cajas en su casa y que, en algún momento, conforman este libro que organiza los temas más relevantes a tener en cuenta a la hora de encarar un texto (cuento, novela, crónica o lo que sea).

 

Uhart refiere su experiencia personal de escritura y también trae herramientas y modos de estructurar la narración de Flannery O’Connor, de Felisberto Hernández, de Morosoli, Chejov (del que conocemos y de Mijail, el sobrino actor), de O’Henry y muchos otros.

 

Hay un concepto que repite como un mantra y es que no hay manera de escribir sin tener una actitud de observación de la realidad, pasiva, silenciosa. Mirar,  mirar, observar cada detalle porque ahí están los materiales que luego serán trama, personajes y una voz narrativa propia.

 

Uhart destaca la importancia del conocimiento previo de la situación de los personajes, cómo se expresan, cómo hablan, cuáles son sus rasgos específicos y cita a O’Connor que sostiene que el conocimiento proviene de la profundización de los personajes y no por acumulación.

 

Y trae de nuevo a Chéjov, una y otra vez porque es el maestro, para recordar que el estado para escribir es “a media rienda”: no se puede escribir desde el rencor o la ira, la tragedia y que si se escribe desde el humor se aprende.

 

Hacia el final hay un decálogo más uno, los once mandamientos de Uhart para escribir. Cortito y al pie, sin vueltas. Casi budista es la actitud que propone frente a un texto: desprenderse de lo efímero, dejar de lado el ego del escritor para dar lugar a los personajes y a la narración, observar, escuchar, dar tiempo. (“Debo dejar pastorear a los personajes en mi cabeza”).

 

Llegué al final con todo el libro marcado y subrayado, con notas por todos lados, pensando en que tengo que volver a sus textos a encontrar eso que hace únicos a sus personajes, eso que captura en cada persona que se cruza en sus crónicas de viaje, a reconfirmar que cada “mandamiento” está presente en su escritura.

 

“La piedra de toque para medir al buen escritor es el diálogo. Si sabe dialogar es porque tiene oído para sus personajes, los oye, les da lugar, los deja actuar.”

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