RESEÑA “QUIEBRA EL ÁLAMO”, ROBERTO CHUIT ROGANOVICH



“La espera es larga, tanto que el tiempo deja de ser un fundamento y se convierte en un rasgo” (p.12)


“Quiebra el álamo” es un rompecabezas para armar. La historia se articula a partir del relato cruzado de la vida de lxs habitantes de un pequeño pueblo rural, al ras de las montañas y dominado por el viento y la tierra seca. Todo tranquilo, apacible, pero no.

La novela reza, como un mantra, que algo que los habitantes del pueblo no perciben se avecina. Hay una anunciación de algo aún velado para el resto, en un tono casi bíblico: “horas antes de que llegue la noche que va a cambiar el mundo”.

Narrada en una tercera persona omnisciente, nos metemos en las vidas de Mario Segovia, el desclasado, con historias de abandono, pobreza y discriminación; Fernando Cárcano, el hijo de la familia acaudalada, dueña de un matadero (y del pueblo); Graciela, la maestra de todxs por generaciones, y su hijo Jorge, cuya vida es una huida de él mismo y del resto. Todxs tienen un secreto y, a la vez, todxs saben todo. La historia de cualquier pueblo, pero no.

Hay una noche clave, de celebración, el festival anual que reúne al pueblo entero, que se configura como el blanco de fuerzas agazapadas, expectantes, que harán que todo cambie.

Bajo un lenguaje directo y despojado se teje un red oscura. Algo que incomoda y que se manifiesta de a poco, como pasa con lo siniestro, donde algo del cotidiano se vuelve extraño, ominoso.

“Quiebra el álamo” es una novela que se lee casi de un tirón porque tiene una especie de fuerza hipnótica.
Es la historia de un pueblo, aparentemente inmutable, donde las vidas se vuelven, de pronto, obsoletas, insignificantes. Es una noche liminal que marca un antes y un después en la Tierra. Es el álamo fuerte astillándose en mil pedazos.  
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