"UN PUÑADO DE FLECHAS", MARÍA GAINZA



“No tengo principios, lo único que tengo son nervios, decía Akutagawa. Nervios a mí me sobraban, y para bien o para mal trabajé con ellos.”

 

“Ese material ya estaba dentro de él, moldeado en los hornos secretos de su inconsciente.”

 

“Vielles y sus habitantes le salvaron la infancia. Antes y después se torna más difuso, pero en el centro los ocho años que pasó en Vielles son una columna de luz.”

 

 

“Un puñado de flechas” se siente, por muchos momentos, como una extensión natural, como una Temporada2 de “El nervio óptico” (2014). En el medio se publicó “La luz negra” (2018) pero es otra cosa, otro formato y otro tono, distinto al de estos otros dos.

 

El título del libro proviene de la primera historia que se narra, casi onírica, de algunas charlas que tuvo Ganiza con Francis Ford Coppola cuando estuvo filmando en Argentina. En una de ellas, Coppola le dice que “el artista viene al mundo con un carcaj que contiene un número limitado de flechas doradas. Y que puede lanzar todas esas flechas de joven, o de adulto, o incluso de viejo. También puede ir lanzándolas de a poco, a lo largo de los años. Eso sería lo ideal, pero lo ideal es enemigo de lo bueno.”

 

El recorrido que hace es diverso y aparecen cruces entre su formación en bellas artes, su crecimiento en ese medio y las historias con las obras y, sobre, todo con las personas que hay detrás: coleccionistas excéntricos que creen que “la colección es como un tipo de bigrafía visual donde a cada imagen le corresponde un recuerdo” (en qué momento de la vida compraron una obra, por qué, qué función cumple en sus vidas: “para llenar agujeros/ vacíos”).

 

Hay un concepto recurrente en el libro cuando se habla de “circuitos neuronales” y estos entrecruzan la vivencia de migrañas que tiene la autora, con el “aura” previa a los dolores intensos, alucinatorios y, por otro lado, esa red contactos que hace posible la producción y la circulación del arte en el mundo: marchands, curadores, museos, bancos, millonarios y hasta ladrones de arte.

 

“El desconcierto” es uno de los capítulos que más disfruté porque la autora viaja a Estados Unidos y se propone recorrer los espacios en los que se desarrolló el movimiento de “Los trascendentalistas” en Boston, con Emerson como líder, pero especialmente “Walden Pond” y la zona de bosques a la que se retiró a vivir Thoreau. Como diapositivas viejas desfasadas, la autora ve un corrimiento entre su imagen literaria del “Walden” de Thoreau y lo que se encuentra en realidad cuando visita los lugares narrados.

El capítulo sobre “Bodhi Wind” es totalmente lisérgico y mítico, con migrañas que terminan en hospitales en el medio de un desierto en Los Angeles y, a partir de allí, la búsqueda de unos murales pintados en unas piletas en los 70´s por Charles Kuklis (Bodhi Wind). Es de lo más divertido del libro. Junto al capítulo de la búsqueda de un Tiziano en medio de la selva mexicana.

 

Y el más conmovedor relata el encuentro con el pintor español Nicolás Rubió que vivió en un pueblo mínimo a los ocho años, huyendo de la guerra, y allí quedó fijada su memoria, en esos años en las montañas, con las vacas como compañeras. Gran parte de su obra refleja esa época, en la que fue intensamente feliz.

 

Los relatos tienen distintos climas, algunos son mejores que otros, pero me dispararon las mismas sensaciones que con “El nervio óptico”: ese cruce de obsesiones de la autora que, como detective migrañosa, va en busca de corroborar o derribar esos mitos que circulan sobre el arte y que la terminan absorbiendo en ese “circuito neuronal” de voces, versiones y caminos bifurcados.VER EN IG 

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