RESEÑA “VIENTO DEL ESTE”, LILIANA VILLANUEVA
“¿Por qué quedarse con una sola cosa si en la dualidad los opuestos arman una unidad armónica? Lo agridulce se mezcla en la boca y no es la diferencia ni lo acabado sino el proceso infinito, la transformación incesante.”(p.66)
Hace algunos años, un amigo me recomendó “Sombras rusas” y “Otoño alemán”, crónicas que relatan las experiencias de Liliana Villanueva en Moscú y en Berlín, a fines de los 90, en los que se retratan no sólo sus vivencias y su acercamiento a mundos ajenos sino los efectos de la caída del Muro y el resquebrajamiento de la Unión Soviética. En 2022 llegó “El mar nunca se acaba”, editado por @fruto_de_dragon, que compila crónicas viajeras en Asia y Europa.
Ahora, se publicó “Viento del Este” (Dong Feng), un viaje lindísimo, de reencuentro con su hijo Max y la “adopción” de la familia china que hospedó a su hijo por un año.
Este viaje se inicia para los festejos del Año Nuevo Chino, en febrero de 2018, coincidente con el cumpleaños de la autora. Max (o “Marx” en la pronunciación de mamá XiaoLan), el hijo adolescente de Liliana, ha decidido estudiar un año en China. La familia conformada por Papá Gang, Mamá XiaoLan y su hijo Min Hao será la amable y apacible guía. Esta familia reside en Foshan, en el sur de China, la parte cálida y moderna del país, respecto del norte.
La llegada a China implica un reseteo en muchos sentidos. Adiós al wifi y sus derivados de conexión online; hola a un país con más de 46 etnias y un idioma escrito en base a pictogramas; el cantonés y el mandarín se reparten el país, con todos sus matices; la comida en todas las expresiones posibles y los rituales familiares como un universo aparte, desconocido.
El núcleo Liliana -Max rápidamente se amplía con la familia “adoptiva” que decide llevarlos a un viaje por el norte del país para visitar a las familias de ambos lados, con motivo del año nuevo.
Los jardines coloridos e inmensos, los estanques y edificios modernos de Foshán se disipan con los kilómetros y, de a poco, el paisaje hacia el norte se vuelve más terroso, más gris, monótono y es allí donde el rojo (señal de buena suerte) de las decoraciones de Año Nuevo explotan en los ojos.
El frío helado sólo disminuye a fuerza de vino de arroz, whisky y los platos picantes más diversos. El sentimiento “outsider” del inicio se desdibuja y se tienden puentes a través de gestos y miradas, sobre todo entre Liliana y Mamá XiaoLan.
“Viento del Este”, por momentos, me dio la sensación de una “road movie”: caravanas de autos (la familia es infinita) recorren autopistas interminables; en cada pueblo se replica el ritual de comidas pantagruélicas; siestas reparadoras en hoteles atestados; risas, brindis y litros de leche de coco para apagar tanto picante.
Como reza la cita inicial, “Viento del Este” nos muestra esa mezcla agridulce que supone una cultura tan ajena, el asalto a los sentidos que no pueden decodificar tantos nuevos sabores, los cambios térmicos salvajes, pero que también invitan a otros tiempos, más demorados, más atentos a todo, y la certeza de que al final no hay puente infranqueable. VER EN IG

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